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editorialLíderes de café con leche
Por Eugenio Orellana, desde MiamiMe encuentro traduciendo el libro de Ravi Zacharias, “El Cordero y el
Führer” que saldrá a la luz pública en el mes de mayo, durante
la Feria Internacional del Libro de Miami, EXPOLIT con miras a ser
un best seller. El libro en cuestión es un comparendo ficticio de Hitler ante el
tribunal divino. Allí no solo se enfrenta al Juez Jesús, sino que
tiene que escuchar testimonios de personas que perdieron la vida en
el contexto de la aplicación de lo que él llamó
“La Solución Final”. A través del libro es
posible seguirle los pasos a un líder que si bien tuvo carisma de
sobra para imponerse más por presencia que por la fuerza, prefirió
usar la estrategia equivocada y aplastar despiadadamente a quienes
se le opusieran. Su fin fue el fin de
todos los líderes malos: el fracaso, la desilusión más amarga. La
muerte. Y claro, en el caso de él, la muerte eterna. Hoy día tenemos
–aunque siempre los ha habido– líderes que, o no lo son aunque
ostenten posiciones de liderazgo, o prefieren seguir la estrategia
de la prepotencia para mantener su status. Y esto se da a todos los
niveles y en todos los ambientes. Político, religioso, cultural,
económico, deportivo. Los líderes tipo Hitler –aunque no lleguen
al exterminio físico aunque sí pueden matar la autoestima y el
buen nombre– abundan y siempre nos estamos tropezando con ellos. Ejercer un liderazgo
sano y respetuoso de la dignidad de los que dependen de uno no es fácil.
Y en democracia, es mucho más difícil. Los dictadores no tienen
ese problema. Estos llegan a estar tan infatuados que hasta declaran
que si ellos no quieren, ni una hoja se podría mover. ¡Qué
estupidez! El buen líder –el que lo es realmente o el que ha optado por el ejemplo de Jesús que fue manso y humilde pero que en el momento en que tuvo que usar el látigo lo usó– no solo ama a sus mandados, sino que lo demuesta. Y el amor por ellos se expresa respetando, dando la oportunidad de hablar (“Aquí estás en un tribunal justo”, le dice el Cordero al Führer, “y se te permitirá hablar, lo que tú no hiciste con aquellos a quienes mataste”), aplicando un sentido de justicia que no solo resista el análisis de los hombres sino también el de Dios. Ni mirando el bien propio sino el del prójimo (Filipenses 2.4) Sea para defender
posiciones de privilegio, entre las que están un salario y otras
prebendas que en otra parte no se podrían ganar, o para imponer su
autoridad, los malos líderes gritan, hacen callar, prohiben hablar,
manipulan, se rodean de los tristemente célebres yesmen
(“Sí, señor, lo que usted diga, señor”), ponen orejas por
todas partes para que se les informe de lo que se dice y hasta de lo
que se ora y así van , de tropezón en tropezón, de mal rato en
mal rato, caminando en su inseguridad hacia aquel día cuando en el
Gran Juicio de Dios se les pedirá cuentas de su liderazgo. Allí
será el lloro y el crujir de dientes. Si esto es lamentable en el ambiente secular, mucho más lo es en el seno de la Iglesia de Cristo, donde lamentablemente no solo los hay sino que abundan. ¡Qué triste! ¡Cómo sufre por causa de ellos el Evangelio de Cristo! Eson son los que un amigo cubano identificaba como “líderes de café con leche”. |
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